En serio, lo es. Aunque no lo parezca. Los callejones oscuros, las calles solitarias, las vueltas a casa de noche, también son nuestras, por eso las reivindicamos. Porque las mujeres tenemos reconocido el derecho a ir a dónde nos dé la gana, cuando nos dé la gana, como nos dé la gana, pero la sociedad en la que vivimos no nos permite todavía tener la posibilidad de hacerlo. Nadie nos prohíbe andar libremente por la calle, pero la cultura del miedo que nos han impuesto nos impide la posibilidad de ser libres, de sentirnos libres en la calle.


Lo mismo pasa con la calle como espacio público, como sitio en el que manifestarnos, reivindicar, desobedecer, protestar. Esa calle sí que no es nuestra. Esa calle que es el espacio público, la asamblea, la plaza, la protesta, la pancarta, el megáfono, la conquista de derechos, esa sí que nos da miedo.


Hasta que internet y las redes sociales nos organizaron un espacio virtual -pero más publico de lo que ellas mismas esperaban- la mayoría creíamos que éramos pocas… incluso que estábamos solas. Pero empezamos a encontrarnos en foros, en fotos, en post, en blogs, en “me gustas”, en twits, en memes… en cientos de cosas que antes no sabíamos ni que existían, que nos hablaban de cosas que ya sabíamos, pero que tampoco sabíamos que existían… La violencia diaria contra las mujeres, la forma en que se nos representa en los medios, el hueco que se nos reserva en la cultura, los esfuerzos que hace el patriarcado para mantenernos obedientes y adormecidas. Y empezamos a vernos unas a las otras, a reconocernos, a crear una red propia en la que somos tantas que ya nadie puede fingir que no estamos.


El feminismo ha encontrado en las redes sociales un espacio inesperado de articulación, de pelea, de burla, de revolución divertida, cañera e irreverente. Hacemos vídeos, textos, y fotomontajes, cantamos, gritamos, nos despelotamos y nos burlamos. Hemos encontrado un espacio en el que canalizar nuestro cabreo. Y eso es bueno.


Pero también es malo. Porque nos hemos encontrado, nos hemos descubierto y nos hemos conectado, pero desde casa, con el ordenador enchufado. Hemos aprendido a utilizar las redes sociales para compartir nuestras ideas y nuestras peleas, para saber lo que las otras piensan, para descubrir que todas vivimos en las mismas luchas internas, para reírnos y para ponernos la piel de gallina… pero no para conquistar esas posibilidades que, por derecho, son nuestras.


Si no salimos a la calle, si no nos organizamos, si no nos articulamos en reivindicaciones colectivas con otras mujeres y con otros movimientos, nuestras posibilidades serán sólo virtuales. Nuestra vida está en la calle, y por eso es ahí donde debe estar nuestra lucha. Las redes nos dan la excusa para ponernos las botas, tomar las plazas, los medios de comunicación, las pancartas, las reuniones, las fiestas, los conciertos, las desobediencias varias.


Porque la calle es nuestra. Tiene que serlo. Tenemos que estar en la calle reivindicando que se conviertan en posibilidades reales nuestros derechos. Que no trabajemos más y cobremos menos, que podamos hacer de verdad lo que nos dé la gana con nuestro cuerpo, que los callejones oscuros, las calles solitarias, la asamblea, la plaza, la protesta, la pancarta, el megáfono también sean nuestros. Es en esas calles donde se decide cómo son de reales nuestros derechos.


Nuestra lucha virtual es la red que nos pone en contacto entre nosotras, pero tenemos que ponerle a esa lucha nuestro cuerpo. Porque en nuestras redes sólo entramos nosotras y los ladradores que nos recuerdan lo rápido que cabalgamos, y si queremos llegar al resto, a las que todavía no se han enterado y a los que van a tener que ponerse de acuerdo, tenemos que salir a buscarles, y ocupar espacios, alzar la voz, hacernos visibles, exigir la posibilidad de ejercer de verdad nuestros derechos.


Y no vale pensar yo ya escribo mis post, ya le doy a “me gusta”, ya retwiteo… no vale esperar que sean las otras que salgan a la calle a hacer ciertos nuestros derechos.


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